Fuiste más fuerte que un dios
cuando el estómago se te infló,
en tu apretar de dientes,
en tu cuerpo con dos vidas,
en tu verdad con cabeza de agua
y en la callada mentira.
Fuiste más fuerte que un dios
al sacar tu imperfección
aguantando el dolor
con el cuarpo aniquilado
y mi papá disfrazado de doctor
buscando tu milagro.
Tendida en el catre
como muerta, pero media viva
(digo media viva
porque soy la otra mitad
de tu vida
y tú de la mía),
viste a tu hijo
de extraño cuerpo
y mirada perdida.
Y soy yo tu hijo,
tu primera maravilla,
el que ahora te lee
las cosas que escribe
sentado en una silla,
el que se escondía
jugando al feto cabezón
bajo tus costillas,
el que sujetaba tu corazón
por miedo a ver
la luz del día,
el que te ama de amor
y agradece tu firme labor
madre mía.